Exiliados

By elexterior

Crítica publicada en la revista El amante (septiembre 2207)
Autor: Leonardo M. D’Espósito

Hay una pregnta fundamental en Argentina: qué somos (y cómo somos) los argentinos. Por lo general, los filmes nacionales que odiamos -más allá de su impericia técnica o de sus pretensiones triviales- son los que responden esta pregunta de frente y sin medias tintas. Aunque, por lo general, se hace más hincapié en el “cómo” que en el “qué”. Lo que hace de El exterior un buen film es que, quizá sin proponérselo, responde a ese “qué”: los argentinos, por lo menos los argentinos urbanos, somo exiliados.

Nos hemos descolgado de Italia, España, Santiago del Estero y Corea al Rio de la Plata, siempre con la idea de que se trata de un lugar provisorio, donde se ahorra para volver. Criscolo muestra la vida de unos cuantos argentinos en Barcelona mientras él mismo cierra un exilio profesional y económico de seis años en esa ciudad. No hay un solo testimonio que, por sí mismo, resulte original: no se ha buscado, justamente, la originalidad. Lo que vemos es gente que trabaja igual que acá, vive igual que acá, reproduce los mismos ritos y las mismas manías que acá. Cambia el paisaje, pero la cámara apenas hace algo como para que reconozcamos a Barcelona. Más bien hace lo opuesto (incluso cuando esa estrategia derive en secuencias que parecen mal filmadas): sutilmente la iguala a Buenos Aires. Los personajes del film van desde el hombre que se fue cuando la dictadura hasta quien tiene la idea romántica de ser el escritor en el exilio. Y alguno de ellos hace la gran pregunta: “¿Qué hago acá, por qué no hago esto allá?”. No hay respuesta, la idea general es que el “exterior” no es un lugar sinio un paradójico refugio donde uno hace exáctamente lo mismo que en su lugar de origen pero con la ilusión de que todo es transitorio y que esas calles nuevas esconden un tesoro que en las viejas ya sabemos que no lo vamos a encontrar. El final, con una mudanza definitiva, marca esa desazón de la falta absoluta de respuesta. Somos exiliados, sí, pero de ninguna parte. El exterior es eso sin nombre que, por estar tan afuera, en realidad no existe.

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