Pertenecer

By elexterior

Crítica publicada en Subjetiva, revista On LIne de Cine (13/09/07)
Autor: Jorge Belaunzarán

Hace poco un director de teatro contestaba cómo elegía a los actores, “Los elijo si creo que los puedo dirigir”. Es una buena explicación a la película de Sergio Criscolo. Y espero que también a esta crítica.

Alguna vez un amigo me dijo: “no tenés que olvidarte que escribís para la gente”. El consejo se dio prácticamente como corolario de una charla sobre críticos de cine, acerca de su, en ese entonces, cada vez mayor aislamiento del gusto medio popular, y de las crecientes referencias entre sí que hacían en sus respectivas críticas, como si les interesara más contestarle al colega que decirle algo al público.
¿Por qué el lector no debería saber que soy amigo del director sobre cuya película debo escribir? ¿Me quita objetividad? ¿Mi punto de vista pierde valor? ¿En qué convención se basa la idea de que si soy amigo no puedo hablar públicamente, y que la amistad quitará peso a mi opinión? ¿Acaso amigos no son aquellos que nos dicen la verdad? ¿O sólo lo son si lo que nos dicen coincide con lo que pensamos?

Las preguntas pueden seguir in eternum. Lo claro, es que en Subjetiva tratamos de no obedecer ciegamente la convención: cuando lo hacemos, es por convicción. Así que diré que El exterior es un documental sobre argentinos que se fueron de su país en distintas etapas de los últimos 30 y pico de años y por distintos motivos, hecho por alguien que también decidió irse pero que en algún momento decidió volver y entonces se pregunta lo que el resto, por necesidad o falta de interés, no: qué es el exterior. No lo hace abiertamente, lo plantea de manera aleatoria: desde el ¿por qué te fuiste (de Argentina)? hasta el ¿volverías?, lo único invariable es que hay un adentro y un afuera. Pertenecer o no, una de las razones fundamentales que mueven y retienen a los protagonistas del film: casi siempre desde la ilusión. Y Sergio Criscolo entiende que, se haga lo que se haga, la pertenencia o no en gran medida es un juicio ajeno: son los otros los que aprueban la inclusión o la exclusión, es a esos otros a los que hay que mostrarles (mostrarse) evidencia de que uno califica para pertenecer. Criscolo hace el film imaginando los posibles reproches por haberse ido dos veces (de aquí y de allí, Barcelona, donde vivió seis años), y porque aquí siempre quedará el resabio de que alguna vez se fue. En esa conciencia, se hace fuerte: sabe que su objeto en buena medida es él mismo; entonces cuida que su producto no caiga en la megalomanía, la autorreferencia yoísta, la victimización o cualquiera de esas cosas que tanto molestan cuando la autorreferencialidad se convierte en ombligismo; en petulancia. Los dolores valen en la medida que pertenecen a una persona (ellos también tienen exterior). Y el periplo de Criscolo lo tiene y le pertenece.

Desde otro lugar no tan profesional (si de verdad como nos quieren inculcar a diario uno puede ser tan distinto a la persona que es), Criscolo enseñó otra cosa. Al salir de la sala en su proyección en el Bafici 2006, les dije a un grupo de amigos de Sergio: ¡nos sacó un peso de encima! ¿Por qué? Porque la película está buena. Claro que él mismo, al meterse a director, había generado ese peso. No es que se haya metido a director para molestar nuestra existencia, pero al hacer uso de su derecho a decidir qué hacer de su vida, lo estaba haciendo. Esa razón, el ejercicio de ese derecho tan básico, genera desencuentros y peleas a diario entre que se conoce y otra que no tanto. Criscolo, más allá de cualquiera de sus intenciones, nos ofrecía yapa: llevaba a la práctica mucho de lo que había considerado en la teoría. Y más: salía airoso. ¿Quién de los que cotidianamente se preguntan qué pasó con su vida soporta sin más semejante demostración? Era un desafío. No soportarlo (uno termina soportando la mayoría de las cosas, incluso cuando lo hace desde la queja). El desafío era algo más prosaico: ver que muchas de las relaciones cotidianas están impregnadas de los sentimientos que más rechazamos, y que pretender que el otro sea tal como yo siempre lo imaginé no sólo es soberbio, sino imposible; y, lo que es peor, nos aísla cada vez más. A salvo, con nuestras verdades. En definitiva, sin quererlo, Criscolo desafiaba a parte de su círculo afectivo (el relacionado con el cine y el periodismo) a convertirnos en mejores personas. O a intentarlo.

Y en ese intento descubrir que es cierto que hay gente que tiene más suerte que otra, pero el aprovechar la suerte ya no es un motivo de suerte, sino de lo que comúnmente se llama talento personal; que el éxito de alguien no siempre debe establecer el fracaso de otro; que la felicidad ajena puede colaborar con la propia; que el ejercicio de reflexión permanente no tiene por qué ser sospechado o sospechoso de intenciones aviesas, que a veces sólo tiene la intención de compartir para sentirnos mejor; que no siempre somos tan mediocres, vulgares, mezquinos y miserables como creemos, y que por lo tanto por momentos los otros pueden no serlo. Y que perder ese momento, es perder. Y quedar más lejos de lo que siempre quisimos ser.

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